A grandes males, grandes remedios

 


En tres siglos, la esperanza de vida en España ha pasado de los 45 a los 86 años de media. Los avances en medicina, arquitectura o ingeniería han contribuido a ello.

Las grandes catástrofes como el Gran Incendio de Londres de 1666, la epidemia europea de peste negra en el siglo XIV o el derribo de las murallas que constreñían Barcelona en el siglo XIX han sido factores determinantes de grandes cambios en la vida de las ciudades.

En la nueva normalidad, las costumbres sociales que impone la pandemia nos parecen todavía extrañas: el uso de la mascarilla, los saludos sin contacto físico, besos, abrazos o estrechamiento de manos; no está permitido fumar en la calle si no se respeta la distancia interpersonal, el fin de semana no hay discotecas abiertas, los restaurantes cierran a la 1 de la madrugada, los aforos en espacios públicos se reducen, al entrar a un establecimiento hay que desinfectarse las manos… En cuanto llegue la vacuna, volveremos a la antigua normalidad, eso nos dicen. Pero también hay quien asegura que las pandemias serán cíclicas.

En Londres se instaló un sistema de alcantarillado para acabar con las epidemias provocadas por los residuos que se arrojaban al Támesis y que se convertían en un foco de infecciones como el cólera. Las ciudades actuales tendrán que adaptarse, de hecho ya han iniciado cambios, como el uso de la bicicleta, el ensanchamiento de aceras, la creación de más zonas verdes o la peatonalización del centro histórico. Los hogares pasarán a ser burbujas seguras de aislamiento, el lugar donde estaremos protegidos de los contagios. La masificación de las ciudades podría solventarse reubicando a la población en zonas ahora deshabitadas y dotándolas de los recursos necesarios para vivir y trabajar.

El coronavirus nos está imponiendo nuevas formas de vida. Es una ocasión para replantearnos un futuro diferente al que habíamos planeado.

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