Historias estivales

Entro a la tienda de una conocida marca de ropa para refrescarme, llevo rato en la calle y se me está derritiendo el caletre. Hay una señora que pasea a su perro en un carrito, avanza por la sección de vestidos rebajados, saca uno de la percha y se lo pone encima. «¿Qué tal me queda, cariño. Mamá está guapa?» El perro ni la mira, disfruta del aire acondicionado con los ojos cerrados. «¡Mira a mamá! ¿Y este, te gusta?» El perrito olisquea unas camisetas que quedan cerca de su nariz pasando olímpicamente de la dueña. Luego se revuelve incómodo, creo que tiene ganas de darse un garbeo entre los zapatos y las sandalias. «No, cariñito. No puedes bajar. Mami no puede cogerte en brazos ahora».

Me ha dado pena la señora, tan ignorada al pedir opinión. Y me ha dado pena el perro, confinado en su carrito-jaula por esa mamá humana que le ha tocado en suerte.


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