Hijos de la pandemia

 

Me fijo en la joven madre que se detiene con el cochecito de bebé junto a mí. Mientras espero que el semáforo cambie de color, miro esa criatura de pocas semanas de vida. No ha venido al mundo en el mejor momento. Su infancia estará marcada por la pandemia y sus secuelas. La imagen de su madre y de su padre es una cara con mascarilla, y ya sabemos que los bebés aprenden a leer los rostros y expresan emociones desde el nacimiento. ¿Cómo afectará esto a su desarrollo psicológico? Quién sabe en qué condiciones afrontará la guardería si no puede jugar, pelearse o abrazar a otros niños, si no mantiene con sus respectivos abuelos una relación estrecha porque son personas de riesgo, si sus padres han perdido el empleo, teletrabajan, tienen que montar un circo de tres pistas para que no quede desatendida en ningún momento o afrontan el futuro con el ingreso mínimo vital.

¿Y qué les ocurrirá a los peques más mayorcitos? Con uno, dos o cuatro años se debería ser feliz, vivir sin preocupaciones, sin privaciones, jugar, recibir achuchones de toda tu familia y disfrutar de las novedades que ofrece un mundo por descubrir.

¿Y a los adolescentes? Bastante complicada es esta etapa, con las hormonas revolucionadas, para añadirle más traumas.

Los demás, los que conocimos la antigua normalidad, intentaremos adaptarnos a la enésima crisis. Porque esta no es la primera hecatombe que padecemos y, mucho me temo, que tampoco será la última. Pero toda una generación puede quedar tocada, incluso gravemente lastrada.

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