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Jair Bolsonaro, el presidente de Brasil, amenazaba este domingo a un periodista del periódico O Globo, al que llamó «cabrón», manifestándole: «Tengo ganas de llenarte la boca de puñetazos, ¿estamos?» El periodista se había atrevido a preguntar por el origen de unas transferencias bancarias que Fabrício Queiroz, el antiguo asesor de su hijo Flavio, hizo a la cuenta de su mujer, Michelle Bolsonaro.

Se han incorporado al discurso político el ataque verbal y el insulto personal al adversario, que no es sino una manera torpe y marrullera de enmascarar la impotencia ante el propio fracaso. A falta de mejores argumentos, se genera un runrún de fondo. La bronca gratuita contamina el ambiente e intenta degradar al rival. Los discursos subidos de tono y enconados se extienden y son muchos los políticos que se sirven de esta vulgar oratoria para trasladar el foco fuera de su mala gestión o de sus presuntos delitos.

Lo peor es que también la ciudadanía pisa esos charcos de iniquidad, y la opinión pública se polariza, generando una tensión que a nada conduce. Nos vencen las emociones y la razón queda relegada. La descortesía verbal no debería normalizarse, menos aún en el ámbito de la política, porque ofrece a los ciudadanos un espectáculo vergonzoso y lamentable. En un escenario de hostilidad perpetua es difícil concentrarse en otra cosa que no sea atacar y salir indemne.

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