Todo por una mascarilla


Ayer me reenviaron por Whatsapp el vídeo de una conversación mantenida entre una señora y un policía local de Vinarós que la multaba por no llevar mascarilla. En la Comunidad Valenciana es obligatorio el uso de mascarilla a partir de los seis años de edad, con la excepción de playas, piscinas, lugares alejados de los núcleos urbanos, restauración, cuando se realiza deporte y para personas con problemas respiratorios. Este último motivo se ha de acreditar con un informe médico.

Santa paciencia demostraba el agente, que merece una medalla por aguantar a una señora que gritaba «Habeas corpus, ya» como una posesa y exhibiendo su ignorancia en materia legal. La mujer le enseña al policía un papel redactado «por un abogado» que le exime de llevar mascarilla. Se supone que quien debe tramitar este certificado es un médico, que alegará las razones que concurren para la eximente. Además el «documento» no lleva nombre ni DNI, está firmado por la señora en cuestión, que tiene autoridad suficiente para emitir el justificante, además lo lleva ella, razón suficiente para validarlo.

El agente le hace observar que la firma del papel y la del DNI no coinciden y pide a la señora que le acompañe a las dependencias policiales que están enfrente para poner la denuncia. En ese momento, ella exige que se le aplique el procedimiento de habeas corpus, que es un derecho de la persona detenida que considera ilegal su detención, y no ante las multas. «Habeas corpus, ya». «Habeas corpus, ya». También quiere que la lleven ante el juez. El policía, que mantiene una envidiable calma y que está siendo grabado por la señora, le responde: Me parece a mí que usted ha visto muchas películas. (Como todos los que se acogen la Quinta Enmienda en nuestro país, y son muchos, por cierto).

En fin, que la señora, que publicó el vídeo en su cuenta de Facebook, ha hecho un ridículo espantoso y se están burlando de su ignorancia millones de ciudadanos. A esto hay que añadirle la denuncia por no llevar mascarilla, por compartir el vídeo sin permiso del policía y por los comentarios que acompañaban a la publicación.

En las redes sociales se comparte todo: chorradas intrascendentes, opiniones que nadie pide, secretos que solo se le confesarían al mejor amigo, vídeos haciendo imitaciones patéticas o cometiendo delitos, fotos de borrachera… Cualquier cosa que consiga el anhelado «Me gusta», vale.

¿Somos capaces de vender nuestra alma por un Like? Clicar sobre el botoncito supone un esfuerzo mínimo, es un gesto rápido que suele hacerse a la ligera, muchas veces sin leer o visualizar el contenido que se aprueba. Se hace por vínculo virtual, por pena, por lealtad, por devolver el recibido…

El «Me gusta», se confunde con el «me gustas». Es interpretado como símbolo de aceptación o de admiración que conduce a la popularidad. Es sorprendente la cantidad de jóvenes que de mayores quieren ser influencer.

¿No se nos está yendo el asunto de las manos? Si no estás en las redes, no existes, es la consigna acatada por millones de personas que se exhiben en el escaparate cibernético compartiendo sus miserias a ojos ajenos. ¿Tan solos estamos? ¿Tan hinchado anda nuestro ego? ¿Necesitamos tanto protagonismo para ser felices? ¿Valoramos las consecuencias de lo que publicamos?


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