Té para todos

El colonialismo no goza de buena fama, más bien al contrario, pues es un sistema político y económico por el cual un estado extranjero domina y explota una colonia. Yo tampoco lo defiendo, pero visto lo visto, no sé si los hongkoneses desearían retroceder en el tiempo, hasta 1997, y volver a ser súbditos de Gran Bretaña.

Desde que Xi Jinping ha decidido saltarse a la torera lo de «Un país, dos sistemas» y sustituirlo por «té para todos», la gente ha constatado que su vida como colonizados era mucho mejor. «Un país, dos sistemas» era una sombra chinesca, una argucia que se les ocurrió a los chinos para quedar bien cuando les devolvieron Hong Kong, pero nunca estuvo en su intención llevarlo a cabo. Ahora Hong Kong es China y todo ha cambiado, a peor, a mucho peor. Se han recortado las libertades, se aplica la mano dura, las leyes consideran delito actos que hace cuatro días no lo eran y ese cosmopolitismo, esencia de la isla, toca a su fin.

Seguro que hay ciudadanos de Hong Kong que celebran estar integrados y absorbidos por su madre patria, porque el perverso colonialismo de la pérfida Albión haya quedado atrás, hay gente para todo. Aunque lo más probable es que la mayoría prefiera ser chino sin tener encima la bota de la dictadura comunista, por eso intentan exiliarse a su otra madre patria y añoran los tiempos en que fueron protectorado británico.

Mientras vemos por televisión cómo los habitantes de Hong Kong salen a la calle para protestar contra la entrada en vigor de la nueva ley de seguridad aprobada por China, ¿qué hacemos aquí, en Europa, en el resto del mundo? Lo de siempre: nada. Miramos hacia otro lado y nos ponemos a silbar, porque este asunto es un tema interno del país y ya lo resolverán ellos, porque no nos podemos enemistar con China, que tiende a convertirse en la primera potencia mundial, y más vale que sea un aliado que un enemigo.




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