Tejiendo identidad

El nacionalismo usa excesivos símbolos para lograr sus objetivos. Necesita coartadas para desacreditar al otro, debe blanquear su autoritarismo, hacerlo pasar por algo positivo y bueno. Para eso se requiere tener un enemigo, no importa que no exista, es fácil inventarlo. La amenaza vendrá del extranjero, del que piensa diferente, del pobre o incluso de otra nación. No se comprendería que solo se odiase al inmigrante por serlo, hay que añadirle extras. Por eso, si además de foráneo es sin papeles, negro, musulmán, viene a robarte el trabajo, a quitarte el pan de la boca, a recibir subvenciones o a tocar a tus mujeres, la cosa cambia.

Las señas de identidad no unen, separan, crean barreras, apartan a los no piensan ni sienten igual. Para que existan patriotas hay que contar con antipatriotas. Para dar legitimidad a lo que se defiende, habrá que colocar enfrente a quien apuesta por lo contrario.

Todo nacionalismo se sustenta en leyendas, tradiciones y acontecimientos adaptados para que sirvan mejor a la causa. A lo largo de la historia, San Jorge siempre ha reforzado el bando de los «buenos», porque ellos merecían la victoria, o se desencadenó una tempestad que hundió los barcos de la flota enemiga, porque los cielos o los dioses apoyaban la causa justa. Así, cargada de emociones, cualquier ideología llega y se afianza en el corazón.

Pero la ideología ha de infestar y propagarse. La gente reacciona emocionalmente cuando se la provoca con mala baba y cualquier necedad triunfa si simplifica el proceso de comprender, discernir y pensar con un criterio propio. El eslogan fácil se adhiere a la memoria y se transforma en un resorte destructivo. La propaganda cumple su función perversa porque se dirige a un colectivo y solidifica las ideas.

En el culmen, la defensa de la patria. Y ¿qué es la patria? Una tierra, una bandera, una utopía, una idea, un constructo, una provocación, una excusa para hostigar. La patria enmascara la realidad, es un reducto para el etnocentrismo, para la discriminación y el oportunismo. La pena es que incluso personas inteligentes creen.


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