Quién cuenta lo que pasa


Quiero pensar que la máxima del periodismo es informar sobre lo que acontece de la forma más objetiva posible, con claridad y con un lenguaje comprensible por la mayoría.

Quiero pensar que en las universidades inculcan una ética a los futuros periodistas y les remarcan que informar no es opinar.

Tengo claro que el buen periodismo acostumbra a molestar, que la verdad no le gusta a todo el mundo, por eso incomoda, y que la libertad de prensa es una de las muchas utopías que existen. Por eso me molesta que en un país como el nuestro, supuestamente democrático, parte de la prensa presente los hechos según le conviene, con unos titulares tendenciosos, que quizás capten la atención del lector medio, pero que no se ajustan a la verdad o que determinados contenidos se rechacen porque no son acordes con la línea editorial.

Me entristece que en ciertos países un periodista acabe en prisión, o peor, por contar lo que pasa, por destapar lo que otros prefieren que quede oculto. Los datos que ofrece el Comité de Protección de Periodistas (CPJ) pone los pelos de punta.

La pandemia ha provocado que los Gobiernos apliquen sanciones a quienes difunden noticias falsas y contribuyen a  la desinformación. La desinformación es un gravísimo problema real, estas medidas jurídicas parecen buenas, pero, en realidad, otorgan a los Gobiernos libertad para decidir qué es falso, con el peligro que esto implica.

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