Lo malo y lo peor


A todas luces parece inoportuno el cruce de insultos, denuncias, amenazas, reproches, ajustes de cuentas y despiporre general en el control del coronavirus. Después de lo que hemos pasado durante las últimas semanas, y lo que queda por venir, la concordia es preferible al colmillo en la yugular. Pero ya sabemos que el sentido común no es nuestro fuerte.

El 28 de enero saltaron las alarmas en el mundo por el centenar de muertos que se habían producido en Wuhan (China) a causa de un nuevo coronavirus. En febrero la cifra de fallecidos ascendía al millar. A finales de febrero hubo seis muertes en Italia y en España nos echamos a temblar. Pero celebramos manifestaciones, mítines, fiestas, competiciones deportivas…

Miles de muertos más tarde, llueven demandas judiciales. El Tribunal Supremo acumula una veintena de denuncias y querellas contra el Gobierno por su gestión de la pandemia, también se ha denunciado la gestión de la Generalitat de Catalunya y de la Comunidad de Madrid en las residencias de ancianos y por haber dado orden de no atender a los más enfermos en los hospitales.

No seré yo quien defienda la tesis de que todo se ha hecho a las mil maravillas. La inoperancia, la imprevisión y la improvisación están ahí. Asimismo, comprendo el monumental cabreo de las personas que han perdido a un ser querido por falta de atención sanitaria. Pero eso de arrojarse los muertos a la cara no es de recibo. Se agudiza la desconfianza ciudadana en la clase política, se provocan enfrentamientos innecesarios y se radicalizan posturas.

La  previsión es que el déficit público en 2020 se incremente hasta los 115.671 millones, cifra que equivale al 10,34 % del PIB. Y podría ser aún peor de cumplirse los peores pronósticos o en el caso de que se produjera un rebrote. Estamos al borde de la quiebra y necesitamos políticos que generen esperanza y que trabajen en un frente compacto contra las consecuencias de la pandemia.

En otros países están al tanto de lo que ocurre en nuestro Parlamento y es natural que lo que ven les genere desconfianza. La misma que sentimos los ciudadanos.


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