Decapitaciones


Durante los últimos días hemos asistido a las decapitaciones y vandalizaciones de varias estatuas como la de Cristobal Colón, Winston Churchill, Edward Colston… El movimiento antirracista Black Lives Matter, que reivindicaba el fin del racismo tras la muerte de George Floyd, impone un ajuste de cuentas con el pasado.

Sobrados motivos tienen los movimientos antirracismo para protestar, aunque quizás por eso mismo el revanchismo es injusto, inapropiado y muy peligroso como se ha visto en las revueltas que se han producido en Estados Unidos. Las estatuas son símbolos de algo que existió y Colón, que llegó a América por error hace seiscientos años, no es responsable de lo que ocurre ahora. Hoy en la sociedad norteamericana existe el racismo y es institucional, empieza en la Casa Blanca y desciende hasta extenderse por todos los ámbitos. Algo similar sucede en muchos países del mundo.

Enjuiciar y valorar con nuestra mentalidad actual la caza y la trata de esclavos, la segregación racial y los abusos cometidos no tiene demasiado sentido. En aquellos tiempos, en Europa todos los países se lucraban con el comercio de esclavos, los negros no se consideraban personas y la raza blanca se tenía por superior. En Estados Unidos todavía pervive el supremacismo blanco en el alma del Ku Klux Klan y de sus acólitos. Si nos ponemos a revisar la historia, no quedaría títere con cabeza. Las pirámides egipcias se construyeron con manos de esclavos, habría que derruirlas. Iglesias católicas se han erigido sobre la base de una mezquita o de un templo griego o bizantino.

La mentalidad del siglo XXI no es la de los siglos XVII, XVIII o XIX. Algo hemos cambiado, contemplamos con otros ojos a las mujeres, a los homosexuales, a los negros, a la naturaleza, a los animales… El pasado fue el que fue, y no puede cambiarse. El presente es ahora y el problema del racismo no se resuelve decapitando estatuas, por muy indeseables que consideremos a las personas que representan.

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