Ser pobre



Pierdes el trabajo y se agota el subsidio de desempleo. Ingresas 0 euros al mes, pero siguen llegando puntualmente los recibos del gas, la comunidad de vecinos, la electricidad, el agua…

Pasas el día ocupado en intentar encontrar un empleo, rellenando currículos según la penúltima ocurrencia de moda que los haga más atractivos y elegibles, leyendo los anuncios clasificados, preguntando a amigos y conocidos.

Al principio te rebelas, tú quieres trabajar. Tú puedes trabajar. Tú necesitas trabajar para comer y pagar facturas. Pero no depende de ti, ni de tu preparación, ni de tu actitud… Depende de no se sabe qué. De que alguien te contrate. Aunque el mercado laboral está muy chungo y nadie lo hace.

Te animan a ser emprendedor, a ser tu propio jefe. El ideal de cualquier obrero. Pero para emprender hace falta dinero y ya te has pulido los ahorros. Porque tú, a lo largo de los años, has adquirido el vicio de comer cada día, al menos una vez. La familia y los amigos andan tan pelados como tú. El banco no se fía un pelo, lo más probable es que no puedas devolver el préstamo, así que se cura en salud y te lo deniega, sin más.

Con el tiempo te adaptas. El ser humano tiene esa cualidad o esa desventaja, según se mire. Y te amoldas a las circunstancias. No quedas con nadie porque salir implica gastar y no puedes permitirte ni un vaso de agua en un bar, del grifo, naturalmente. La tapa, desde luego, está fuera incluso de tus sueños. Da igual que ya sea primavera u otoño en El Corte Inglés porque no puedes renovar tu vestuario, así que te conformas con mirar el escaparate y, como la zorra de la fábula, te dices que a ti no te sienta bien el violeta, que es el color en boga esta temporada.

Ser pobre tiene un lado saludable, caminas mucho porque no tienes coche, claro, y no te alcanza ni para el bonobús. Vas andando a todas partes. Comes poco, y te has quedado hecho un figurín. Cochina envidia es lo que suscitas. Puedes presumir de ir al gimnasio porque tienes las pantorrillas de acero sin que te cueste un céntimo y luces un cuerpo envidiable. Algo bueno había de tener la pobreza.

Ya has dejado de acudir a la oficina de desempleo, se llama de empleo, pero es un eufemismo porque allí no colocan a nadie. Hace mal efecto ver ante el edificio una fila que da la vuelta a la manzana y por eso la atención es online. Te ahorras el trauma que produce escuchar otras historias más lacrimógenas aún que la tuya, ver las caras compungidas de tantos pobres diablos que, como tú, se someten a la tortura del: Lo sentimos, pero no hay nada de su sector. Lo sentimos, la oferta recalca que el dominio de azerbaiyano sea alto. Lo sentimos, usted no tiene el perfil que busca la empresa…

Te deprimirías si pudieras permitírtelo, porque no puedes pagarte la medicación. El organismo es sabio y ni siquiera te resfrías. Te has hecho duro, inmune. Eres indestructible.

Lees las portadas de los diarios cuando pasas ante el quiosco y así te enteras de la vidorra padre que llevan algunos. La cúpula del banco tal se ha repartido tropecientos millones en beneficios. El magnate cual bota su yate de trescientos metros de eslora. El famosete Fulanito estrena chalé en el barrio más fisno de Madrí. El político del partido verde oliva cobra prebendas. El futbolista de élite consigue un contrato archimillonario. Cajas B, chanchullos a tutiplén… Y tú, que durante toda tu puta vida has ido de honrado y solo has logrado sobrevivir, te sublevas y haces una mala sangre que pa’qué.

Una mañana decides pasarte al lado oscuro: ser legal te hace sentir como un perfecto gilipollas, decides trabajar como un negro y cobrar también en negro. La necesidad aviva el ingenio y sacas dinero exprimiendo piedras. Lo que cuenta es poner algo en el plato, salvar la dignidad siendo autosuficiente, esquivando el desahucio, fingiendo que no te va mal, cuando peor te va.

De esta manera ibas tirando mientras la crisis de 2008 daba sus últimos coletazos. Empezaba a salir el sol en tu horizonte cuando ha llegado la COVID-19 y lo ha puesto todo patas arriba. Dos meses encarcelado en tu casa, comiendo papel higiénico y escuchando los aplausos de los vecinos, que aún tienen ganas de jarana y cantan el Sobreviviré porque son unos ilusos y creen en los Reyes Magos.

Pero tú ya eres perro viejo, tienes callos en las manos y en el alma. Sabes que el futuro que asoma es de color negro oscuro y que la nueva normalidad que anuncian te condenará a una existencia de mierda. La nueva normalidad será la ostia de dura, pero juegas con la ventaja de que tú ya eres un experto en crisis.

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