Son solo negocios


Es la noche del 18 de marzo de 2020. En medio de un silencio estremecedor, los vecinos de Bérgamo (Italia) asisten desde sus balcones a un desfile macabro. Setenta camiones militares avanzan despacio por las calles desiertas uno tras otro, trasportan 65 ataúdes a los hornos crematorios de Módena y Bolonia, a unos 200 kilómetros de distancia. Los llevan a estas ciudades porque en Bérgamo el cementerio, el tanatorio y el crematorio no dan abasto.

Entonces, Italia lideraba el récord mundial de muertes por la COVID-19. La caravana llenó de tragedia los corazones de todos los italianos. ¿Por qué en esa zona del país el número de muertes se había incrementado un 400 % con respecto a las mismas fechas del año anterior? ¿Por qué no se aisló la ciudad cuando en una semana se registraron 220 contagios? La respuesta es una obscenidad: la patronal se negó a cerrar las empresas. Cerrar implicaba perder dinero en una de las zonas más industrializadas de Italia. La opinión de los expertos, las peticiones de los ciudadanos, las exigencias de los alcaldes no sirvieron de nada.

Para colmo de males, en 2017 una reforma de la sanidad había recortado de manera drástica las inversiones públicas en favor de una sanidad privada. En cinco años desaparecieron 45.000 médicos de cabecera porque, según el parecer de algunos políticos, no eran necesarios. Ocurre, además, que los empresarios dueños de las industrias lo son también de los hospitales. El personal sanitario estuvo trabajando durante varios días sin ninguna medida de protección, hubo muchos contagios, y el virus se propagó a sus anchas.

En pleno apogeo de la pandemia, la patronal mandaba a la población falsos mensajes de tranquilidad, la situación estaba controlada, no había de qué preocuparse, el riesgo de contagio era bajo y había que mantener el funcionamiento de las fábricas a pleno rendimiento. Tampoco en los centros de trabajo se tomaban precauciones, por lo que los casos no dejaban de aumentar. En pocos días, los 220 contagios subieron a 997, solo se restringieron las entradas y salidas de los municipios, se seguía trabajando. Y se siguió trabajando en la zona mientras toda Italia estaba confinada. La muerte encontró barra libre hasta el 23 de marzo. Cuando los contagios alcanzaron la cifra de 6.500, los trabajadores se rebelaron y los sindicatos les apoyaron. Aun así, muchas empresas continuaron abiertas por considerarse esencial su actividad, entre ellas las que fabrican armas. Siete días más tarde, el número de contagios ascendió a casi 8.700, si bien los datos oficiales no son fiables y se cree que pueden ser 20 veces más.

Ante el desfile de ataúdes, las autoridades escurren el bulto y los ciudadanos intentan digerir la rabia. Bérgamo es hoy una ciudad en duelo. No es probable que alguien cargue con la responsabilidad de tantas muertes evitables. El dinero por encima de todo, de la salud, de las vidas. El interés de los ricos por delante de los derechos de miles de trabajadores precarios. Esto ha ocurrido en Italia, pero en cualquier escenario del mundo puede representarse la misma función, otra caravana de camiones puede ir en este momento rumbo a cualquier crematorio, porque las fábricas no deben parar.

Comentarios