Redes saturadas de basura


228 documentos, entre imágenes y vídeos, he enviado a la papelera esta mañana. Algunos repetidos. He perdido unos 5 minutos en seleccionar y borrar todo el material prescindible de mi móvil, la mayoría bulos, y cada día es más o menos igual.

Las redes sociales y la mensajería propician que la estupidez se propague con mayor rapidez y, además, se multiplique.

Se nota que estas semanas la gente se aburre mucho, que no tiene nada mejor que hacer.

Recibimos un meme catastrofista o que facilita un remedio casero contra el COVID-19 y nos falta tiempo para reenviarlo a toda nuestra agenda. Tal vez sea el miedo el que provoca esta reacción irreflexiva. Queremos salvar a los nuestros. Además es barato, reenviar no nos cuesta nada. No pensamos que pueda ser algo malo, peligroso o delictivo en algunos casos. Lo chocante es que cuando yo alerto de que me han enviado un bulo, no circula el enlace de Maldita.es donde se dice que no te lo creas ni lo difundas. Nadie admite que tiene el dedo flojo y que ha metido la patita. Encima te lo ha enviado un amigo, un familiar, alguien conocido.

Me llama la atención que la gente dé por ciertas órdenes que provienen, supuestamente, de la Guardia Civil o de la Policía Nacional, aunque sean absurdas y, sin embargo, nos haya costado tanto aceptar que debíamos quedarnos en casa. También secundamos los mensajes que critican a unos o a otros según sean nuestras ideas políticas.

Cuando esto pase, alguna universidad tendrá que realizar un estudio sobre este impulso que nos lleva a compartir la basura que recibimos. Hace años el psicólogo Salomon Asch ya hizo uno en el que, en el contexto de un ascensor, se demuestra cómo nos unimos al criterio general para no desentonar.

Seguro que no tienen nada mejor que hacer, véanlo.



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