Maldito petróleo



Nos habíamos ilusionado. El hongo atómico de contaminación que envuelve el cielo de nuestras ciudades ha desaparecido. El cielo se ve azul, de un azul que ya no recordábamos. Nos parecía una buena noticia que, sin coches circulando y sin fábricas activas, nuestro aire se regenerase. Gracias a la pandemia, el consumo de petróleo ha disminuido un 30 % y su precio cae en picado. Pero estamos equivocados.

El mundo actual se ha construido sobre un mar de petróleo y el capitalismo tiene como misión producirlo hasta el agotamiento. La economía mundial se sustenta en la extracción continua del llamado oro negro. Dejar de perforar puede tener consecuencias ecológicas mucho peores.

El petróleo no se puede almacenar más de seis meses. Al entrar en contacto con el aire se inicia su descomposición y, en ese proceso de degradación, el producto corroe cañerías y depósitos, deja un sedimento de limos, obstruye válvulas y los gases inflamables que se generan pueden ocasionar pequeñas explosiones.

Así que, al margen de cualquier beneficio, nuestra supervivencia depende de que cavemos sin parar.

* Más información sobre el tema en el interesantísimo artículo: La tormenta negra, de Antonio Turiel, Científico titular en el Institut de Ciències del Mar del CSIC.

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