Trabajos imprescindibles



La pandemia del maldito coronavirus está dando la razón al antropólogo David Graeber cuando afirmaba que los primeros puestos de trabajo de los que se prescinde en una crisis son los que tienen mayor carga laboral, aquellos que hacen, mantienen, transportan…

Estos días reconocemos el indispensable servicio que prestan a la sociedad las personas que son cajeras y reponedoras en supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, enfermeras…

Graeber señalaba que cuanto más necesario es un empleo para la sociedad, peor pagado está. Es así en el ámbito de los cuidados, en muchos casos, ni siquiera está retribuido atender a dependientes, ancianos o enfermos. Son actividades que se desarrollan en el hogar y que recaen mayoritariamente en las mujeres.

La sociedad menosprecia el trabajo del personal no cualificado, de quienes no han estudiado una carrera que los aúpe un escalón más en la pirámide social: cosederas de la industria textil, barrenderos, repartidores, auxiliares de clínica, estibadores, ganaderos, agricultores, etc. ¿Qué sería de nosotros sin toda esta gente imprescindible? ¿Por qué siendo vital esta actividad no se remunera de una forma adecuada? ¿Por qué un futbolista o una supermodelo cobra en una hora lo que cualquiera de estos trabajadores percibe en un año, o quizá más?

Todos los trabajos son necesarios porque se han ido creando a medida que la sociedad los demandaba, pero ahora el factor humano se ha vuelto determinante. Preferimos que nos atienda una persona a que lo haga una máquina cuando tenemos que hacer una consulta telefónica, cuando vamos a pagar la compra en el súper o realizamos una gestión bancaria.

Hoy vemos lo perentorio de que alguien cosa mascarillas, fabrique respiradores, cultive verdura o coja la mano de un moribundo.

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