Qué pasará



El Gobierno español, el italiano, el alemán, el francés… Casi todos los gobiernos de los países afectados por el coronavirus, anuncian una inminente lluvia de millones para garantizar el sostenimiento del trabajo y las empresas. Se habla de medidas de diversa índole: ampliación del subsidio de desempleo, permisos parentales extraordinarios, congelación de contribuciones e impuestos, aplazamiento de cuotas e hipotecas, desgravaciones fiscales… Medidas universales que acabarán siendo particulares. A esto ya estamos acostumbrados en España.

Los precarios, esos «trabajadores» intermitentes, los autónomos, los freelance, los subcontratados, los eventuales, los empleados de cooperativas, quienes se dedican a la cultura y el espectáculo, los que prestan servicios en el tercer sector…, es decir, casi todos los esclavos pobres de este país son los que sufren y sufrirán la virulencia del COVID-19. Para ellos, una Renta básica puede ser decisiva. Quizás también lo sea para esos privilegiados que disfrutan de un empleo sin derechos, porque de un día para otro, todos han de afrontan una paralización total o una reducción importante de sus retribuciones e ingresos.

El panorama que se muestra ante nuestros ojos no puede ser más desolador y da una idea de que las medidas que se ofrecen a la población son tímidas, poco claras y fragmentadas, y solo contribuirán a dibujar clara la frontera entre quienes naufragan y quienes se salvan, entre quienes lograrán salir adelante y quienes no van a levantar cabeza.

La Renta básica pondría dinero en los bolsillos más depauperados, porque ¿cómo, si no, puede minimizarse el tremendo batacazo económico? Dinero hay, nunca ha faltado, lo que se imponen son unas medidas redistributivas justas y necesarias. Porque la riqueza socialmente producida ha ido a parar a manos privadas. La clase obrera es el motor del país, lo lógico es que parte de los beneficios de la producción revierta en los obreros, en sus condiciones de vida y en su salud. Además, la clase obrera vive una emergencia crónica, aún no se ha recuperado de la crisis de 2008. Por eso, ahora más que nunca, urge un salvavidas.

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