Miedo difuso



El miedo nos protege, nos impulsa a tomar medidas preventivas o defensivas ante lo que percibimos como una amenaza. El peor tipo de miedo es el difuso, el que carece de una causa nítida y comprensible, el que no se ve, pero se siente.

El miedo difuso ha llevado a la cancelación del Mobile World Congress ante la amenaza del coronavirus. Las autoridades sanitarias ya habían anunciado que no existía ninguna razón de salud pública que impidiese la celebración del congreso. La OMS también había declarado que, con las precauciones pertinentes, se podía llevar a cabo, no hacía falta asustar a la gente. Pese a estas manifestaciones tranquilizadoras, el Mobile World Congress se ha cancelado. ¿Por qué?

La compañía LG fue la primera en asustarse y en retirarse. La asociación GSMA justificó su ausencia por «razones de fuerza mayor». Luego se precipitó la cascada de bajas: British Telecom, Orange, Amazon, Rakuten, Nokia, Ericsson, Sony, Facebook, Intel, AT&T, Vivo… Se esperaba recibir en esta edición 110.000 visitantes de hasta 200 países y 3.000 expositores. El impacto económico del evento se calculaba en unos 492 millones de euros, con la creación de 14.100 puestos de trabajo temporales. Todo se ha perdido. Y aún queda por dirimir quién se hace cargo de los costes de la cancelación y si estos quedan cubiertos por las aseguradoras.   

Las multinacionales que rechazaron participar en el foro no se contagiaron con el coronavirus, se contagiaron de miedo. ¿Recuerdan el «efecto 2000»? Ese error basado en la incapacidad de los sistemas informáticos para asumir que los años no pertenecían al siglo XX. El apocalipsis no llegó. Los avisos de pandemia de la gripe A, en 2006, o de la porcina, en 2009, son otros casos recientes. La pandemia nunca se produjo, y llegaron las críticas a la industria farmacéutica. En el caso del Mobile World Congress, algunos ven en Estados Unidos y en Donald Trump el origen de esta crisis. La guerra comercial y arancelaria que mantienen con China desde hace tiempo podría culminar en Barcelona, con el descalabro de las empresas tecnológicas chinas.

Vivimos atemorizados, muertos de miedo. Tenemos tanto miedo que estamos sacrificando nuestra libertad para ganar un átomo de seguridad. Desde el ataque a las Torres Gemelas, pretendemos anticiparnos a cualquier amenaza, curarnos en salud. Nos obsesionamos buscando fragilidades que pongan en riesgo nuestra coraza protectora, que siempre tiene alguna grieta. Nada está blindado contra el riesgo de padecer cualquier mal.

¿Es lógico temer a un virus que no conoce fronteras? ¿A que un meteorito caiga sobre nuestras cabezas? ¿A un terremoto que remueva las entrañas del planeta?... Siempre habrá alguna amenaza que escape a nuestro control. El miedo no nos salvará del cataclismo, solo hará evidente nuestra impotencia y nuestra vulnerabilidad.


Comentarios