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Últimamente tengo la sensación de que el mundo se ha vuelto loco. O quizás soy yo la que me he vuelto rara. Me rodean voces elevadas e hirientes, personas que corren apresuradas hacia ninguna parte, una atmósfera asfixiante cargada de ansiedad y miedo. Ya no sé dónde encontrar paz, si levantando un muro, ahora que están de moda, o cavando una cueva en la que reine la calma.

De vuelta a casa, observo a la gente que va y viene por la calle. Gente aislada con los cascos taponando sus orejas. Gente con la vista clavada en la pantalla del móvil. Gente apresurada, que habla a gritos, que se entrecruza sin verse. Así camino un rato, contemplando a esos extraños seres en los que no me reconozco. En el quiosco de prensa, los titulares de algunos diarios me saltan a los ojos. Verdades que revelan ignorancia. Enunciados para los que no quieren pensar. Realidades a las que no se está dispuesto a renunciar por más que se demuestren falsas. Imágenes que incendian la retina. Vías sutiles del contagio de una ceguera social que puede ser letal. Son las consecuencias de mirar con los ojos de los demás.

Llego a la conclusión de que soy yo. No quiero tomar partido ni sumarme a las hordas. No quiero ser ni topo ni visionaria. Me siento rara. Cada día más.

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