Dispersa


Desde bien pequeña he sentido curiosidad e interés por todo, y me ha costado muchísimo esfuerzo centrarme en una sola cosa. Mi mente es dispersa. Ya en la guardería me castigaban con frecuencia por no seguir al pie de la letra las indicaciones de la maestra: yo pintaba con los colores que me gustaban, fueran los indicados o no, y podía desarrollar más de una actividad a un tiempo: escuchar un cuento, charlar con mis compañeras y dibujar. Esta hiperactividad me hizo ganarme el apodo de la cucharilla, porque, según la profe, yo solo servía para revolver, para subvertir el orden de la clase. Por suerte, en aquellos tiempos no existía aún el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), y por eso no me atiborraron a anfetas para calmar mis inquietudes. Por desgracia, nadie pensó que pudiera tener una inteligencia diferente, más rápida y creativa que la de mis compañeros.

Me costó decidir mis estudios. Todo me resultaba atractivo: las ciencias, las letras, el arte, la filosofía… Quizás por eso dejé la carrera a medio terminar y seguí aprendiendo por mi cuenta. Pasé buena parte de mi vida soportando la presión de mis padres, de mis profesores. Me vaticinaban un futuro muy negro si no elegía una profesión normal. Me pasaba horas inventando historias y también disfrutaba mucho leyendo, devoraba los libros de dos en dos o de tres en tres. Me aconsejaban que me decantase por algo, pero yo seguía mi instinto y me embarcaba en cualquier proyecto que me resultase atractivo y en el que poder desarrollar mi creatividad, poner mi sello distintivo, hacer las cosas a mi manera.

Sigo en mi línea, cuando toco techo en algún tema, paso al siguiente. La cuestión es seguir aprendiendo. La presión social para que sea como todo el mundo, no ha logrado derrotar mis inquietudes. Lo he intentado, pero resultó contraproducente. El empleo fijo, rutinario y monótono casi me mata. Mi pensamiento no es lineal, es arborescente. En mi cerebro, una idea no enlaza con la siguiente, sino con otras muchas, se ramifica y aumenta exponencialmente los resultados. Acumulo experiencias y aprendizajes tan diferentes que no me cuesta innovar, llegar a conclusiones creativas que a otros ni se les ocurren. Combinar saberes es tan estimulante que llega a hacerse adictivo.

En la escuela deberían alentar y no poner freno al aprendizaje. ¿Quién dice que el arte, la jardinería y la cocina no combinan? Dejemos que las mentes despiertas investiguen, creen y disfruten probándolo todo. ¿Por qué hay que centrarse solo en algo cuando ante nosotros hay un universo entero por explorar?

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