Al borde del infarto




Llevamos unas semanas viviendo al borde del infarto. Mientras aquí cruzábamos los dedos para que al fin hubiera un gobierno, sobre el mundo se cernía la amenaza de una guerra mundial, que tendría como detonante la confrontación entre Estados Unidos e Irán.

Cuando manteníamos el corazón encogido, esperando las represalias catastróficas por el asesinato de Qasem Soleimani, el asunto se ha despachado con el lanzamiento de una veintena de misiles balísticos que han alcanzado dos bases aéreas iraquíes en las que operan efectivos estadounidenses. El ataque fue comunicado previamente por el régimen iraní a sus homólogos iraquíes, lo que da una idea del escaso efecto que buscaban en Irán.

El régimen chií necesitaba salvar la dignidad ante sus ciudadanos, y por eso el Gobierno de Jamenei ha vendido la hazaña a bombo y platillo: que si éxito aplastante, que si bofetada en la cara a los yanquis, que si quemamos unas banderas estadounidenses, que si pegamos cuatro tiros al aire…

Luego volvimos a vivir una tensa espera, mientras nos encomendábamos a dios y al diablo para que ningún rambo hubiera sufrido ni un arañazo en la refriega. Donald Trump había anunciado en Twitter: «Estados Unidos acaba de gastar dos billones de dólares en equipo militar. ¡Somos los más grandes y, por mucho, los MEJORES del mundo! Si Irán ataca una base estadounidense, o cualquier sitio estadounidense, enviaremos algunos de esos nuevos equipos hermosos en su camino… ¡y sin dudarlo!». Como para no temblar.

Pero tras la venganza iraní, Trump respondió vía tuit, que es lo suyo, y muy calmado, que no es lo habitual, que todo estaba bien. Que los misiles no les habían hecho ni cosquillas. Menudos son ellos. Luego en una rueda de prensa sin preguntas, rebajaba la crispación, dejando al mundo entero boquiabierto. A fin de cuentas, no era tan grave, el ataque de Irán demostraba que sus misiles Fateh 313 y Qiam son de juguete, comparados con los que tiene Estados Unidos. Donald Trump proseguía su discurso envalentonado y recordaba que el poderoso brazo estadounidense no es solo militar. Ahora les va a caer la del pulpo a los iraníes, que se preparen para las sanciones, ellos y quienes osen vulnerar las barreras económicas contra Teherán.

Las elecciones están cerca y a Trump no le interesa presentarse a la reelección con las manos manchadas con la sangre de sus compatriotas, ni enfrascarse en otra guerra eterna de dudoso final. Pretende retirar sus efectivos militares de zonas de conflicto poco rentables. Por otro lado, a Irán le conviene expulsar a las tropas norteamericanas de Oriente Medio. Así que ambos países pretenden lo mismo.

Es previsible que Estados Unidos retire a sus soldados de Irán. Entre tanto, seguirá enseñando los dientes, dejando claro que puede destruir a sus enemigos cuando quiera.

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