Tiempo de promesas


La Navidad es un tiempo de promesas y buenos propósitos: hacer dieta, dejar de fumar, apuntarse al gimnasio… En la política española ocurre lo mismo: es tiempo de promesas.

¿Qué promete Sánchez a ERC para obtener aunque solo sea su abstención en la investidura? Quién sabe. Pero quizá esa sea la única esperanza de tener gobierno en España. Para ello tal vez Cataluña sea una nacionalidad de naciones nacionales y Torra el próximo candidato a Nobel de la Paz.

Lo evidente es que hay prisa. Cada día que pasa crece un enano en el circo político: más casos de corrupción en el PP, más casos de corrupción en el PNV, más casos de corrupción en Andalucía, más casos de corrupción en Valencia, más casos de corrupción en UP, más casos de corrupción en UGT…

Lo peor de un gobierno es que sea imprevisible. Pero más grave todavía es tener un gobierno en funciones a perpetuidad. Pasan los días y nos vamos inmunizando, nos acostumbramos a vivir sin gobierno, al raca raca del procés, a los chanchullos de los bancos, de los empresarios… Es tiempo de prometer. Ellos prometen. Nosotros votamos. Ya estamos hartos de promesas que se transforman en incumplimientos flagrantes, de impuestos a los ricos que nunca llegan; de reducir la desigualdad, que nunca se reduce; de asegurar las pensiones, que siguen en el aire.


En Holanda, las promesas de los partidos políticos deben cuantificarse  en ingresos y en gastos, y las cifras son auditadas por un organismo de responsabilidad fiscal para que se puedan publicar. En España, prometer sin cumplir no tiene consecuencias.

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