Por ellos


La bata era ñoña, de cuadritos blancos y rosas, con un cuello redondeado de color blanco. Cada mañana era la misma lucha, y yo siempre perdía la batalla. Mi madre me obligaba a meter los brazos por las mangas, me daba la vuelta y me abotonaba la dichosa bata por detrás, cinturón incluido. Así durante aquel año en el parvulario, con el único consuelo de que las demás niñas iban tan ridículas como yo, con el agravante de que la puñetera bata nos igualaba a todas, y yo quería usar mi ropa, distinguirme del resto de compañeras.

Creo que fue entonces cuando empecé a odiar los disfraces, porque estuve disfrazándome durante nueve meses y fue traumático. Tanto que desde entonces ninguna prenda de color rosa ha entrado en mi armario.

Mi siguiente disfraz fue el de comulganta. Nacer durante la última etapa del franquismo tenía estas cosas, te bautizaban por Tutatis y debías seguir con los demás ritos del catolicismo. Yo no quería comulgar, no tenía fe ni ganas de disfrazarme, pero mi madre se empeñó, y una vez más ganó. Aquel vestido blanco, largo e incómodo me costó una hostia, no de las de oblea. Y salí a la calle sin mirarme en el espejo, sin querer ver a mis compañeras, que parecían mis clones.

Ahora, ni en carnaval ni en Halloween, se me ocurriría disfrazarme de nada. No permito que ninguna prenda de ropa me robe la identidad. Pero… Comienzan los preparativos. Llega la Navidad y me disfrazaré por ellos, para que tengan la fiesta más bonita, más alegre y más feliz de su vida. Por ver la sonrisa de mis «campeones» merece la pena convertirse en el reno Rodolfo, en un duende verde o en lo que sea menester. Ellas y ellos se lo merecen.

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