Café en París


No tengo presupuesto para viajar a la Capadocia ni a Capri, no pasa nada. Ha empezado la rutina de septiembre y me quedan muchos meses por delante para poder fugarme de lo de siempre. Tomo un café mientras empiezo a leer un libro que alguien me recomendó por ser hilarante. Eso me hace falta, echarme unas risas. Oficinistas con cara de asco desayunan a toda prisa, mirando el móvil y el reloj. Amigas que se han citado se abrazan y se besan, emocionadas por el reencuentro. Unos extranjeros ponen un punto de exotismo a la escena con su acento francés. Alguien se dirige apresurado a la puerta con la cajetilla de tabaco en la mano. Aprovecho para pensar que en realidad estoy en París, en la terraza de un apartamento, en un bulevar distinguido. Que vivo aquí y que se me ha pegado el chic de las parisinas. Que Olivier Martínez me susurra al oído palabras de amor…

De vuelta a casa paseo sonriente y feliz. Todo huele a monotonía y monóxido de carbono. Mucho me temo que no estoy en París.

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