Supremacismo asesino


La imagen del hombre negro esposado y atado a una cuerda, caminando entre dos policías blancos a caballo por las calles de Galveston, nos devolvió a 1819. Quiero suponer que en circunstancias normales, el sospechoso, Donald Neely, arrestado por violación de propiedad, debería ser trasladado a comisaría en un coche patrulla. Pero no sé cómo se las gastan en Texas con los negros. De lo que sí estoy casi segura es que la escena no se hubiera producido de tratarse de un hombre blanco.

Las ideas supremacistas calan. En lo que va de año, en EEUU se han producido unos 250 ataques múltiples con armas de fuego, con el resultado de un millar de víctimas, cerca de 250 de ellas mortales. Los delitos de odio no han parado de crecer desde 2015, cuando Donald Trump comenzó su campaña.

La retórica incendiaria del supremacismo prende cruces. Y aunque sea imposible demostrar que los mensajes de Trump son la causa directa de los disparos del asesino de El Paso, por ejemplo, los argumentos de ambos no difieren demasiado. Durante un mitin en Florida, se le preguntó al presidente qué se podía hacer con los inmigrantes que llegaban a la frontera. «¡Dispararles!», gritó alguien. El presidente le rió la gracia.

Trump no ha creado el problema del racismo, pero sí lo ha exacerbado. Crusius no es el primer autor de una masacre similar que se declara admirador y entusiasta seguidor de Trump. Las manchas de odio que deja en Twitter: ataques, acusaciones, mentiras, y las alusiones a la invasión de inmigrantes, movilizan a los «verdaderos americanos».

Ejercer el poder conlleva una enorme responsabilidad. También para otros actores involucrados, los cómplices por acción y omisión: partidos políticos, dirigentes, medios de comunicación, propaganda, listas negras, apelativos infamantes (cucarachas) empleados para deshumanizar al otro, al distinto. Una sociedad dividida y el odio tomando forma de monstruo. Así hasta la «solución final», que es la referencia más poderosa que se me ocurre para comprender cómo se construye el discurso del odio y cómo se llega al horror inimaginable. 

Una responsabilidad compartida, pero susceptible de ser identificada y exigida a políticos, medios, organizaciones y, por supuesto, también a individuos, a esas personas que potencian, impulsan, diseminan y apoyan con sus mensajes o con su silencio acciones extremas y criminales.


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