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La atención de los medios se centró en el vestuario de Melania Trump durante las ‎ceremonias conmemorativas del desembarco de Normandía. ‎Era el 5 de junio de 2019, y los líderes europeos, junto con el presidente estadounidense, celebraban «la paz, la libertad y la democracia ‎garantizadas en Europa» comprometiéndose a «defenderlas siempre que estén en peligro».

Ese mismo día, en Moscú, ‎los presidentes de Rusia y China, estaban reunidos. Cerraron una treintena de proyectos chinos para invertir en Rusia unos 22 000 millones, centrados en su mayoría en el sector energético. Rusia es el mayor exportador de petróleo a China y también aprovisionará al país de gas natural. A finales de año, empezará a funcionar el gasoducto oriental, al que se sumará otro proveniente de Siberia y dos instalaciones para la exportación de gas natural licuado. ‎Estados Unidos y la ‎Unión Europea pretenden aislar a Rusia mediante sanciones; con el pacto chino-ruso, fracasarán dichas pretensiones.

Rusia y China colaboran en el sector aeroespacial y en proyectos de alta tecnología. Están dando relevancia por tren, por carretera, por vía fluvial y marítima a las comunicaciones entre los dos países. Y se incrementa entre ambos el turismo y los intercambios culturales.

Se trata de una alianza estratégica que se extiende al uso conjunto de las dos monedas: el yuan y el rublo, en las transacciones comerciales y financieras, una alternativa al dólar que tendrá consecuencias.

Rusia y China comparten posiciones contrarias a las de Estados Unidos con respecto a Corea del Norte, Venezuela, Siria e Irán. El propósito estadounidense ‎de desplegar misiles nucleares de alcance medio en países fronterizos con Rusia y China, acrecentaría el riesgo de una escalada armamentista, al no ratificar Estados Unidos la prohibición total de los ensayos nucleares.

De nada de esto se nos ha informado, era más importante hablar del impactante atuendo de la primera dama estadounidense.

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