Zapatos de cristal


La primera vez que me leyeron el cuento, me quedé confusa. El Hada Madrina había transformado a Cenicienta en princesa, con su carroza, su cochero y su lacayo. El vestido que lucía era maravilloso, pero sus zapatos de cristal me dejaron perpleja. Un zapato de cristal me parecía frío e incómodo, máxime si se había de pasar la noche bailando y luego salir corriendo antes de la última campanada de medianoche. ¿Y si alguien pisaba a Cenicienta y rompía sin querer uno de los zapatos? ¿Y si se cortaba? ¿Y si el tacón quedaba atrapado en una rejilla del suelo? Mi mente infantil ideó una respuesta práctica, «de cristal» significaba brillante. Todo cuadró. Cenicienta podía danzar y correr con sus brillantes zapatos. El Hada Madrina parecía buena persona, no iba a dejar que Cenicienta sufriera un traspié.

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