Verónica


Verónica se suicidó porque algunos de sus compañeros de trabajo habían compartido sin su consentimiento un vídeo suyo de carácter sexual. No es el primer caso, en otros países, la iniquidad humana ante semejantes hechos, ha provocado el suicidio de otras mujeres víctimas de lo que se denomina «porno venganza». Alguien, generalmente un hombre despechado, difunde sin permiso imágenes sexuales con la intención de amenazar, coaccionar, intimidar o perjudicar a la persona que aparece en ellas. Este es un tipo de delito que afecta mayoritariamente a las mujeres. Podríamos denominarlo un delito de género, porque mientras un hombre sale reforzado en su virilidad, la mujer ve afectada su dignidad, su intimidad y su honor. El patrón «seductor y fulana» sigue vigente.

Existe una responsabilidad jurídica, ya sea penal, civil o laboral de todos los intervinientes, en mayor o menor grado, que debe quedar clara, porque este tipo de hechos no salen gratis, y para que nunca vuelvan a repetirse. También existe una responsabilidad moral de la sociedad entera como causa profunda de estas actuaciones. Por acción o por omisión, todos somos responsables del suicidio de Verónica. Pues la verdadera razón de su suicidio no es la difusión de este vídeo, sino la respuesta que han dado sus compañeros de trabajo y de aquellos que intervinieron en su viralización.

El culpable, la persona que puso en circulación el vídeo sexual, contaba con esta reacción. Sabía que el vídeo correría de móvil en móvil por la empresa, que provocaría el escarnio público, la chanza y comentarios vejatorios, que acabaría llegando a la familia y que le arruinaría la vida a Verónica. Sabía que Verónica, abochornada y superada por los acontecimientos, no denunciaría.

Sí, Verónica grabó voluntariamente el vídeo sexual. Voluntariamente se lo envió a su pareja de entonces. Esto no la convierte en culpable, sino en víctima de alguien que pretendía controlar su vida y coartar su libertad.

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