Duda razonable



La primera vez que voté, yo era una jovenzuela ilusa e ilusionada que se leyó todos los programas de los partidos para poder elegir en conciencia y con criterio. Tras depositar mi papeleta en la urna sentí cierta satisfacción, había cumplido con mi deber de ciudadana. Entonces, ya lo he dicho, era una ilusa que creía en utopías, en que un mundo mejor es posible, y yo estaba dispuesta a trabajar para conseguirlo. Vaya que sí.

Hoy, unas décadas después, la esencia de la democracia se ha esfumado y me tiembla el pulso al coger una papeleta que ya no puedo escoger razonablemente. Las elecciones son un trámite, un gesto simbólico. Los programas electorales se han convertido en un bodrio, en una sarta de promesas inverosímiles.

En el apartado dedicado a la Cultura, que es uno de los aspectos que me interesan porque me incumben, se leen cosas como: «La cultura, el patrimonio histórico y la gastronomía son elementos esenciales no solo en la configuración de nuestra identidad sino también para el progreso económico de nuestro país». El PP hace una macedonia con la ruta de las catedrales, los toros y las tapas que una no sabe cómo tragarse. Y le pone la guinda con una Ley de Mecenazgo para regalar dinero a los museos, al cine o las bibliotecas y prolongar un Plan de Fomento de la Lectura, que solo son buenas intenciones.

La Ley de Mecenazgo es también una apuesta del PSOE, que incluye «distintas modalidades de crowdfunding», así el dinero para la Cultura lo ponen los amigos del artista y le sale más barato al Estado.

Ciudadanos apoya la Ley de Mecenazgo y promete: «Combatiremos la turismofobia». Les daremos besitos a los guiris, les informaremos del after más cercano y no protestaremos si orinan o vomitan en nuestro portal. Asimismo proponen «fortalecer la producción de videojuegos» y prohibir que el himno nacional se pite en un acto cultural, como, por ejemplo, el derbi Madrid-Barça o Barça-Madrid (no quiero liarla).

Podemos pide que se haga efectivo «el Estatuto del y la Artista». Se refiere a «los y las compatriotas», a los «trabajadores y trabajadoras», a «los y las consumidoras», a «los y las españolas emigrantes» a «los y las profesionales»… Por su bien, espero que Reverte no lo haya leído. Le daría un patatús. Además, Podemos ha decidido «Apostar por el sector del videojuego», porque los videojuegos también son cultura. Especialmente esos en los que para ganar hay que violar a una mujer o matar a un inmigrante, o inmigranta.

«Exigir el debido reconocimiento de la lengua española a nivel internacional, conforme a su importancia como segunda lengua más hablada del mundo. Empezando por la UE» es la petición de Vox. Ignoro qué se pretende con esta demanda, quizás que se premie a los conquistadores y colonos del Nuevo Mundo o valorar a ese 90 % de hablantes que se encuentran en América. Me queda más clara la explicitación de proteger la caza, la tauromaquia y la jota, que sin duda consiguen el «fomento del arraigo a la tierra, manifestaciones folclóricas y tradiciones de España». Solo nos falta recuperar los coros y danzas de la Sección Femenina, instrumento político del franquismo.

No me digan que no es difícil elegir la mejor opción.

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