Degradación


La mayoría de la población trabajadora vive en peor situación que antes de iniciarse la crisis. Las personas en paro están más desprotegidas, el desempleo se hace crónico y quien tiene un puesto de trabajo se halla expuesto  a la precariedad: contratos a tiempo parcial, temporalidad y desregulación de las relaciones laborales. El año pasado en Madrid el 80 % de los contratos que se firmaron fueron temporales, y casi la mitad no llegaba a los seis días.

Pero ni tener un empleo indefinido a jornada completa se convierte en  garantía de estabilidad: uno de cada dos contratos indefinidos que se firman no llegará al año. Se realizan millones de horas extra, equivalentes a miles de empleos, y la mayoría de esas horas no se pagan. Sumemos la situación lamentable de los autónomos y falsos autónomos y el abuso de las empresas al establecer las condiciones de trabajo y tendremos un cuadro tremendo.

Pese a que la situación laboral es la principal preocupación cotidiana para una gran mayoría, el asunto no es prioritario en las agendas políticas. ¿Cómo es posible tanta degradación? Pues gracias a la reforma laboral, que modificó las relaciones en el trabajo, favoreció la temporalidad, reforzó el poder de las empresas, suprimió la negociación colectiva y permitió que proliferasen empresas multiservicios que no generan bienes o servicios, sino que abaratan los costes salariales. Con la ayuda del vacío legal se permitía a nuevas empresas, que operan en entornos digitales, eludir la relación laboral con sus empleados.

Las próximas elecciones son una oportunidad para diseñar nuevos rumbos, garantizar una vida digna a los ciudadanos, proteger a los desempleados y acabar con la pobreza.

¡Basta de resignarnos y lamentarnos! Es lo que hay. Pero puede haber otra cosa.

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