Semana Santa

Procesión del Santo Entierro de Zaragoza, 2011. Foto: Oscar Puigdevall
Quedan lejos, muy lejos, y en todos los sentidos, aquellas semanas santas de mi infancia. Los templos católicos, con su decoración habitual de imágenes sufrientes: un hombre crucificado o sacando su corazón sangrante del pecho, una mujer llorando con el corazón atravesado por puñales, con los ojos en una bandeja o con su hijo muerto entre los brazos… me producían pavor. A mis cuatro o cinco años, me intimidaba incluso pasar por debajo de aquellas figuras alzadas sobre peanas, el olor a cera derretida, las sombras fantasmagóricas que se creaban cuando la luz del sol atravesaba las vidrieras y convertía en lúgubres las imponentes naves.

Las procesiones me parecían aterradoras, aquel estruendo de tambores que sentía llegar de ultratumba, los penitentes encapuchados arrastrando cadenas y con los pies lacerados, la nube de incienso mareante envolviendo a la gente. Todo era terrorífico.

Recuerdo haber entrado en una iglesia atestada donde los fieles veneraban a un Cristo yacente, en un ataúd de vidrio, cubierto por unas sábanas blancas adornadas con primorosas puntillas de encaje. Ese Cristo tenía un brazo extendido, fuera de la urna, que la gente besaba por riguroso orden de fila. Cuatro legionarios romanos hacían guardia, uno en cada esquina del túmulo, su gesto serio, su pose marcial, su atuendo de película de otro tiempo y mi miedo mientras avanzaba paso a paso en aquella hilera que me acercaba a un difunto que yo imaginaba real. Por nada del mundo quería besar aquella mano de madera, rígida, muerta. Recuerdo el estómago constreñido, el frío provocado por el espanto, la cercanía de aquella mano renegrida por el tiempo, los murmullos de los rezos, las mujeres cubiertas con mantillas. Hubiera querido escapar, huir corriendo, pero estaba paralizada, horripilada. Tan traumática debió ser aquella situación que mi cerebro ha borrado el recuerdo de aquel beso lanzado al aire cuando mi madre me elevó del suelo para que cumpliera con la tradición.

Desde aquel día, me convertí al agnosticismo para no tener que repetir nunca más semejante viacrucis.  

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