18 de abril de 2017

La madre de todas las locuras

Donald Trump es imprevisible. El regalito de diez toneladas de TNT que lanzó en Afganistán es una prueba. No iba a ser el presidente del mundo: «Yo represento a los Estados Unidos y no al mundo», pero la tentación de serlo le ha vencido.

La popularidad de los presidentes norteamericanos se incrementa cuando bombardean algún país, y Trump lo sabe. Su estreno fue en Siria, con esos 59 misiles Tomahawk que ordenó lanzar contra la base de Shayrat, luego el pepino gigante para el Isis, y ahora le busca las cosquillas a Pyongyang. Que se prepare Corea del Norte.

Trump prometió ocuparse de los suyos: «América, primero», pero su pueblo no estaba contento, ni los congresistas, ni los jueces, ni los mexicanos inmigrantes… ¡Cuánta incomprensión! Por eso ha cambiado sus planes y, encerrado en su despacho oval, maquina cómo imponer la paz en el planeta. Así, con un par. Caiga quien caiga. Desafiando a Rusia y a su zar. Volviendo a creer en la «obsoleta» OTAN. Haciendo las paces con los chinos «manipuladores». Moviendo portaaviones para dar una «respuesta sin piedad» a quien osa desafiarle.

Cien días de Trump están dando mucho de sí. O lo que es lo mismo: esto no ha hecho más que empezar.

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