3 de marzo de 2017

Un político con carisma

Justin Trudeau es el primer ministro de Canadá. Un  hombre que seduce con su personalidad, su oratoria, su serenidad y su encantadora sonrisa. Tiene 45 años, lleva tatuajes, es feminista, trabajó como portero de discoteca, fue profesor de francés y matemáticas en la escuela pública e instructor de esquí, practica hockey, es aficionado al boxeo, siente debilidad por Shakespeare y le gusta hacerse selfies.

En abril de 1972, Pierre Elliott Trudeau, entonces primer ministro de Canadá, ofreció una cena de gala en Ottawa para recibir al que fue presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon. Llegado el momento de los brindis, Nixon tomó la palabra, alzó una copa de champán y dirigió la mirada a un bebé de cuatro meses: «Esta noche, vamos a prescindir de las formalidades. Me gustaría brindar por el futuro primer ministro de Canadá, Justin Pierre Trudeau». El vaticino de Nixon se ha cumplido. Justin ha seguido los pasos de su padre, Pierre Elliot.

Cuando decidió dedicarse a la política, a Trudeau, pese a su apellido, se le auguraba poco futuro. Pero en 2008,  para recaudar fondos benéficos, propuso un combate de boxeo con un senador conservador, desde entonces su imagen no ha hecho otra cosa que mejorar. En 2013 fue elegido para remontar al partido liberal y en 2015 los liberales ganaron las elecciones tras una década de mandato conservador.

La prioridad de Justin Trudeau es subir los impuestos a los más ricos y bajarlos a la clase media. Quiere basar su gestión en la lucha contra las desigualdades y contra la austeridad. Mantiene la inversión en infraestructuras y servicios sociales a pesar del déficit. Se ha planteado retirar a Canadá de la misión aérea contra el Estado Islámico y quiere restablecer relaciones diplomáticas con Irán e implicarse a fondo en la lucha contra el cambio climático.