Seis años de vergüenza

Hoy, 15 de marzo, se cumplen seis años del inicio de las protestas contra el presidente sirio, Bashar al Assad. Miles de ciudadanos salieron a las calles reclamando democracia y libertad y estas exigencias fueron duramente reprimidas dando lugar a un conflicto que inicia ya su séptimo año.

Comenzó siendo una guerra entre las fuerzas gubernamentales y los grupos opositores, pero con el tiempo se ha ido complicando con la intervención de distintos actores regionales y de las grandes potencias, que manifiestan su apoyo a uno u otro bando mientras se consolidan los grupos terroristas como Estado Islámico y el antiguo Frente al Nusra.

La paz en Siria no parece cercana, aunque estas semanas se están desarrollando encuentros en Astaná, la capital de Kazajistán, promovidos por Rusia, Turquía e Irán, y en Ginebra, bajo los auspicios de la ONU. El objetivo es conseguir que los grupos en litigio pacten una transición política, pero todavía no hay resultados.

Bashar al Asad se aferra al poder gracias a la ayuda de Vladimir Putin y las milicias iraníes Hezbolá. Occidente opta por la indiferencia, le interesa más terminar con la amenaza yihadista. Entre tanto, el número de muertos sobrepasa los 300.000, y eso que la ONU hace tiempo que dejó de contabilizarlos. Unas 30.000 personas al mes resultan heridas, de ellas, en torno al 30 por ciento sufrirán discapacidades permanentes.

Más de 13,5 millones de personas necesitan urgentemente asistencia humanitaria y protección dentro de Siria, 5,8 millones son niños, de ellos 2,9 millones solo conocen la guerra. Alrededor de 1,75 millones de niños y adolescentes no van a la escuela y 7 millones de niños viven en la pobreza.

La guerra ha provocado pérdidas en la economía siria por valor de 240.000 millones de euros. Alrededor del 69 por ciento de la población vive en situación de pobreza extrema, esto es, con menos de dos dólares al día. Un 35 por ciento se encuentra en situación de pobreza abyecta, es decir, privada de la alimentación básica para sobrevivir.

¿Nos importa la suerte del pueblo sirio? Obviamente, no.


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