9 de marzo de 2017

El que se mete a redentor...

Ofrecer ayuda desinteresada a los demás se considera un acto de generosidad. En las relaciones humanas lo normal es dar y pedir ayuda. Pero cuando resolver conflictos ajenos se convierte en la razón de nuestra existencia, es que algo no funciona. Tomar decisiones por otro, asumir la responsabilidad en cuestiones que competen a los demás… Pueden ser síntomas del denominado síndrome del salvador.
  
Que solventemos los problemas de la gente, no les sirve de mucho, porque estamos impidiendo su desarrollo personal y minando su autoconfianza. El «salvador» posee un sexto sentido para detectar a individuos necesitados de ayuda. El «salvado», alguien inseguro y pasivo, agradece tantas atenciones y siente que no puede vivir sin esa persona que le cuida y le protege. Ninguno de los dos atiende sus necesidades.

La autoestima del «salvador» depende de que alguien le considere imprescindible, no sabe relacionarse con un igual. El control le proporciona seguridad. Se ha convertido en un experto de la ayuda, pero a su «salvado» le conviene asumir el control de su destino, equivocarse, rectificar. Meterse a redentor siempre acaba mal, pues en algún momento surgirá una dificultad que no se podrá remediar y entonces vendrá la decepción del «salvado», quizás su enfado.

Asumir que nadie es imprescindible, que es imposible controlarlo todo y que primero hay que atender las propias necesidades para luego poder dedicarse a los demás, es un primer paso para no acabar siendo víctima de una dinámica malsana. 

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