Grandes perfeccionistas

Abro mi libreta de notas buscando una página en blanco y me encuentro con este texto que saqué de algún sitio y que, enseguida entiendo, copié con la intención de aplicarme.

«El perfeccionismo es la negativa a dejarte avanzar. Es un bucle, un sistema obsesivo, debilitante, que provoca que te atasques en los detalles de lo que estás escribiendo y que pierdas de vista el todo. En lugar de crear libremente y de permitir que los errores se revelen por sí mismos más adelante, en forma de hallazgos, muchas veces nos liamos queriendo acertar con los detalles. Corregimos nuestro original para convertirlo en una uniformidad carente de pasión y espontaneidad.

El perfeccionista arregla un poema verso a verso una y otra vez, hasta que ningún verso funciona. El perfeccionista escribe tantas versiones de la escena uno, que nunca llega al resto de la obra. En lugar de disfrutar del proceso, el perfeccionista pone nota constantemente a los resultados. El perfeccionista está casado con el lado lógico del cerebro. El crítico reina como ser supremo en la casa creativa del perfeccionista. Para el perfeccionista, las primeras versiones no existen, ni los borradores. Cada versión quiere ser final, perfecta, grabada en piedra.

El perfeccionismo no es una búsqueda de lo mejor. Es la persecución de lo peor de nosotros mismos, esa parte que nos dice que nada de lo que hagamos será nunca lo bastante bueno, que deberíamos intentarlo otra vez. No. Eso no es lo que deberíamos hacer. Un libro nunca está terminado, pero llegado a un cierto punto dejas de escribir y pasas a lo siguiente.

Siempre lo hacemos lo mejor posible, dentro de nuestras capacidades».

Sí. Hay mucha verdad en este planteamiento. El perfeccionismo me ha hecho sufrir mucho, me ha impedido disfrutar con lo que hago. Pero también me ha producido la satisfacción, tal vez irreal, de que poco a poco voy consiguiendo la excelencia. Si me esfuerzo, si me exijo, si no me contento… Resulta difícil salir de ese bucle. ¿Quiero salir de él? Tengo como modelos a otros perfeccionistas: Sófocles, Toscannini, Jeremy Irons, María Callas… Thomas Mann, a quien su obsesión por el perfeccionismo le valió un premio Nobel y 17 doctorados "honoris causa". Y el título de frío. Sigo admirando a los más grandes, y llego a la conclusión de que no están ahí por casualidad. Todos son perfeccionistas.

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