Envidia verde

Áine viajaba por el universo cuando se detuvo para observar la vida en la Tierra. Le llamó la atención las pasiones que movían a los humanos y experimentó el deseo de sentirlas también, pero en su forma etérea de diosa no era posible, por lo que necesitaba un cuerpo que le permitiera disfrutar con el aroma de las flores, el rumor del mar, el tacto de la arena…

Esa mañana, Áine se balanceaba suavemente en su columpio de estrellas mientras contemplaba el mundo de emociones que inundaban la Tierra. De entre todas, le sorprendió una que no había visto antes en ningún otro lugar, era una emoción muy intensa que destruía la esencia de las personas y las conducía por un camino sin retorno hacia la nada: la envidia. Áine era muy inteligente, enseguida se percató de que las personas son como se ven al compararse con otras, corriendo el riesgo de llegar a no ser si optan por la vía de la destrucción.

Áine veía las emociones a través de los colores y en la Tierra había descubierto seres blancos como las nubes y negros como un agujero del espacio, que eran en realidad la personificación de la maldad. Pero había más. Había visto manifestarse la pasión con diferentes gamas de rojo; el talento y la brillantez en luminoso amarillo; la confianza y la seguridad en un sereno azul; la alegría y la creatividad compartían un tono anaranjado y el poder tenía un matiz morado. En aquella ocasión, Áine estaba sorprendida por una coloración verde de inusitada intensidad, ignoraba que los humanos podían ponerse verdes de envidia.

La magnitud de aquel verde cautivó a Áine, que no apartaba la vista de quienes estaban iluminados por unos destellos primero deslumbrantes y luego oscuros, más tarde esa luz verde aparecía cada vez más aislada, cada vez más sola… Lo que Áine no percibía era cómo Miriam observaba a personas conocidas y desconocidas, cómo se comparaba con ellas ni cómo, cuando el resultado de la comparación no era el deseado, la rabia penetraba más y más hondo en su corazón. Áine no podía ver como Miriam olvidaba sus sueños ni cómo su único deseo era que nadie tuviese un ápice más de suerte ni de éxito del que ella pudiera tener.

Lo que Áine tampoco sabía era que la soledad de aquel verde fulgurante era dolorosa, mucho más dolorosa que la del más oscuro de los negros, porque el segundo carecía de empatía y se acomodaba con gusto en su maldad, mientras el primero no lograba nunca acomodarse en su vida ni en su mundo.

Áine se meció con mayor ímpetu en su columpio de estrellas. Mientras ascendía, las nubes se iban haciendo más compactas, tanto que le impedían ver las emociones que iluminaban la tierra. Nunca más deseó tener un cuerpo y un corazón pintado con el color de sus emociones.

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