30 de agosto de 2016

Las vacaciones son para desconectar

Las vacaciones son para desconectar, y eso es lo que he hecho durante el mes de agosto: desconectar de la realidad cotidiana.

No lo sabía antes de ir, pero me alegré de que en los pueblos que he visitado no hubiera cobertura y mi teléfono pasase inoperativo la mayor parte del día. Sin reloj y sin móvil la vida se torna una delicia. Ser dueño de tu tiempo e invertirlo como mejor te parezca es un lujo al que uno puede acostumbrarse enseguida. Las horas transcurren sin prisa. Las noticias que acontecen en el mundo no te afectan porque no estás al tanto de ellas. Los lugareños te explican anécdotas, te descubren otras formas de vivir y disfrutar. Recuperas antiguos sabores: tomate que sabe a tomate, fruta recogida en su justo punto de maduración, jugosa y fragante. Del horno local salen unas magdalenas divinas, hojaldrados que se deshacen en la boca… La gente te saluda con una sonrisa aunque no te conozca, te incluye en sus conversaciones, pide tu punto de vista.

El ritmo tranquilo de los días invita a quedarse en ese pequeño Edén, pero todo lo bueno acaba pronto. Mi mente ya está pensando en el próximo verano.
Iglesia de Aniñón (Zaragoza)