26 de mayo de 2016

Cambiar para qué

Los grandes monopolios privados son el rasgo económico de nuestra época. Y es posible que esta sea la conclusión lógica del capitalismo moderno. Porque la evolución de los grandes monopolios privados es la de ser engullidos por un monopolio aún mayor, que incluye a los ciudadanos, utilizados por este para su propio beneficio. El desarrollo económico ha dado lugar a una proliferación de crisis y reformas del tipo de monopolio, bajo la influencia de la competencia por el privilegio o la guerra por el reparto del botín, hasta que ha llegado esta riada que nos arrastra a todos.

No hace mucho, en el pasado siglo, existía la esperanza de que la sociedad asumiera una vida libre e igualitaria y la creencia de poder hacerla realidad. El socialismo aglutinó esperanza y recogió desengaños. Cambiar el sistema social que sustenta a la civilización ha conducido a estrepitosos fracasos, y el sistema antiguo agonizaba siempre rematado por la victoria del siguiente ensayo. Desde los diferentes púlpitos se predicaba el evangelio de la felicidad, al que no le faltaban profetas que anunciaban esperanza ante la llegada de una sociedad que, por fin, avanzase teniendo como objetivo el bien de la humanidad. Pero los gritos de júbilo por las proezas ahogaban los gemidos de los miserables, de los obreros que habían agotado su paciencia y se rebelaban contra la sumisión.

Hemos cometido tantos errores que no puede decirse que estemos dotados para la clarividencia, y carecemos de talento para la administración y la política. Pero pese a los errores, hemos conseguido algo: el descontento es innegable y ha eclipsado los grandes ideales que nos guiaban, porque lo que nos espolea es el materialismo.

Hoy la sociedad se proyecta hacia un futuro de terror y hambre. Y el método de la revuelta o los disturbios ya no tiene consecuencias contra las autoridades, nuestros amos absolutos, que pueden reprimirla sin esfuerzo. Mendigamos reformas sin saber cuál debe ser el paso siguiente si, contra pronóstico, las consiguiéramos. Así pues, los amos seguirán siéndolo porque no sabemos cómo reemplazarlos. ¿Quién quiere un cambio así?