3 de marzo de 2016

Europa tiene que cambiar

Europa está fallando en sus ideales, en la meta que se propuso de ser tierra de seguridad y bienestar. Su tiempo de respuesta a problemas importantísimos nos costará caro a todos, pues esta demora puede tildarse de negligencia.

La maltrecha economía comunitaria se abastecerá con miles de personas que llegan a nuestras puertas buscando pan y paz. Es algo impepinable, porque ya no hay vallas, ni policías suficientes para detener el hambre, el miedo y la desesperación.

Los refugiados han tenido mucha paciencia, pero se les está acabando. Piden con piedras en la mano que abran las fronteras, que les permitan integrarse, vivir con dignidad. Si estuviésemos en su situación, probablemente haríamos lo mismo, intentar sobrevivir.


Cabe preguntarse si, más allá de esas cuotas de reparto que se plantearon, la Comisión Europea tiene algún otro plan. Porque si cruzar el Mediterráneo no ha supuesto ningún obstáculo, las alambradas tampoco lo serán. Urge hacer algo y hacerlo con sensatez y humanidad, pensando en el futuro de una Europa que, por fuerza, ha de cambiar.
Alambrada entre Macedonia y Grecia