26 de febrero de 2016

Espejismos y engaños

Cambio, progreso, democracia, reforma, transparencia, justicia social… Son los argumentos con los que estos días nos machaconean los aspirantes a dirigir el cotarro en España.

La izquierda ya no aspira a la revolución, ni siquiera al socialismo, se conforma con ser izquierda. La derecha con lavar su imagen de tanta corrupción ya tiene bastante trabajo.
¿Cambiar? Qué y para qué. Felipe González ya nos vendió un cambio y acabamos decepcionados. ¿Progreso? Los demoledores acontecimientos históricos actuales suscitan dudas acerca del significado del término. ¿Democracia? Será porque hemos salido de una dictadura, no porque exista un sistema satisfactorio para el ciudadano. ¿Reforma? ¿De qué tipo? Fiscal, educativa, laboral, administrativa… Ya hemos tenido otras y de ellas no ha resultado nada bueno. ¿Transparencia? La de los cristales limpiados con el producto que recomiendan en la tele. ¿Justicia social? Suena a ideología decimonónica.

Pretenden vendernos la idea de una mejora, del progreso, cuando las supuestas mejoras y el idealizado progreso no hacen sino generar nuevos problemas, aunque la parafernalia en que vienen envueltos anulen nuestro juicio crítico, obligándonos a aceptar el alto precio que pagamos.

Las promesas y propuestas de soluciones, de mejoras y de progreso que nos hacen, nacen muertas. La Unión Europea no permitirá que se materialicen, es más, las perseguirá si con ellas los ciudadanos obtienen algún beneficio.


El nuevo gobierno, sea el que sea, no dispondrá de margen alguno de maniobra, y si intenta oponerse al mandato de Bruselas, le apretarán bien las clavijas. Ningún cambio, ninguna reforma, ninguna alternativa cabe dentro de la jaula comunitaria. Lo raro es que con los abundantes ejemplos que hemos tenido en lo que llevamos de crisis aún no hayamos llegado a esta conclusión. Y ahora lo peor no es que nos engañen, sino que nos autoengañemos.