14 de enero de 2016

Releyendo Menón

Me puedes decir, Sócrates, ¿la virtud es enseñable o no es enseñable? ¿Se alcanza con la práctica? ¿Puede aprenderse? ¿Se da en los hombres naturalmente o de algún otro modo? Así comienza uno de los diálogos platónicos: Menón.
Menón es una conversación entre Sócrates y otros tres personajes: Menón, un esclavo de Menón y Ánito, que intentan averiguar, mediante la refutación, si la virtud es enseñable o no. La última parte de la obra concluye con el siguiente razonamiento: la virtud se recibe como una gracia o don divino, y, desde el punto de vista práctico, es tan útil como el conocimiento. Pero no se enseña ni se aprende; tampoco se posee por naturaleza: es un don, algo exclusivo e intransferible. Allí, y no en otro lado, tiene su origen la virtud.
Cuando analizamos los numerosos casos de corrupción entre políticos que se han descubierto últimamente en España, cabe volver a releer esta obra y así ampliar el concepto que tenemos de esas personas que adquirieron su riqueza injustamente. ¿Tenían necesidad de corromperse? Bárcenas, Rato, los Pujol, la infanta Cristina y su marido… Todos tenían un alto estatus social, prestigio, dinero, trabajo y consideración. Cualquier ciudadano se conformaría con una ínfima parte de lo que poseen. Pero a ellos no les bastaba, ambicionaban más, mucho más. Por eso se aprovecharon de su posición y recurrieron a mil argucias para acumular dinero y vivir el resto de sus días sin trabajar. Sin embargo, hay personas humildes, que sobreviven con lo justo, que no pueden permitirse ningún capricho, y mantienen la honestidad en cada uno de sus actos.
Quizá la virtud sea, como se anunciaba en Menón, algo innato, un don, un regalo de los dioses. Esto explicaría que existan personas carentes de esta virtud y sean ruines y miserables por naturaleza.