25 de enero de 2016

Alejandro VI

Rodrigo de Borgia y Doms nació en Xátiva, en 1431. Estudió leyes en Bolonia para luego entrar al servicio del Vaticano, donde, gracias a su apellido (Alfonso de Borja, tío suyo, había sido el papa Calixto III unos años antes) desempeñó cargos notables, como gobernador de Ancona o comisario de las tropas pontificias.

Se dice que su elección se debió a presiones políticas y a maniobras tramposas para encaminar el resultado, sea como fuere, en agosto de 1492 Rodrigo Borgia se convirtió en el papa Alejandro VI. Al frente del Estado Vaticano, además del poder espiritual, tenía fuerza terrenal. Alejandro VI tuvo un destacado papel como mediador en conflictos y guerras civiles que enfrentaron a monarcas y príncipes cristianos, que él contribuyó a apaciguar. Hombre culto y amante de las artes, fue un importante mecenas de los artistas de su tiempo; dedicó esfuerzos a embellecer Roma y patrocinó a Miguel Ángel. Lo que ocurre es que de su biografía solo se destaca la parte negativa, que no es moco de pavo: no dudó en eliminar a sus enemigos, la simonía fue corriente durante su papado, igual que el nepotismo, y se le tachó de corrupto. No se casó, pero estuvo relacionado con varias mujeres, en especial con Vanozza Catanei, con la que tuvo cuatro hijos: César, Juan, Lucrecia y Jofre. Además reconoció un vástago: Pedro Luis, de quien se desconoce la identidad de su madre.

Dejando a un lado que para él la política fuera un asunto en el que los escrúpulos sobraban, su mala reputación fue incrementada por escritores que estaban bajo el control de Fernando de Aragón (rey al que Alejandro VI concedió el título de Católico compartido por su esposa Isabel). Burchard, maestro de ceremonias del Vaticano, aseguró que durante un baile celebrado la noche de Todos los Santos, Lucrecia fue poseída por su padre el papa y por su hermano César. Hay que mencionar que Burchar es calificado por autores contemporáneos de obseso sexual y no atribuyen a sus afirmaciones mucho valor. Pero la mancha de la calumnia cayó sobre los Borgia, en especial sobre la única mujer de la casa, Lucrecia. Su nombre ha estado asociado siempre a todo tipo de perversiones y a la curiosa afición por el empleo de venenos para despachar a quien le incomodaba. Se le atribuye la posesión de un anillo en cuyo hueco ocultaba las ponzoñas y este embuste ha dado pie a una superstición que consiste en no coger el salero directamente de la mano de otra persona, pues da mala suerte, cuando en realidad se alude a la posibilidad de que sea la última comida poco sazonada que se toma. En realidad, Lucrecia fue usada por su padre y por su hermano como moneda de cambio para firmar alianzas políticas y defender sus intereses.

Alejandro VI murió en Roma el 18 de octubre de 1503. A su muerte, César Borgia cometió un error garrafal e inexplicable, en el cónclave cedió los votos que le debían sumisión a un cardenal, Giuliano Della Rovere, que años atrás había insultado a su padre llamándole marrano y circunciso, motivo por el que fue exiliado durante diez años. Giuliano Della Rovere fue elegido papa, cargo que desempeñó bajo el nombre de Julio II. Quizá César pensó que el cargo lo tenía otro, pero que el poder real quedaría en sus manos, se equivocó y los Borgia perdieron sus privilegios.