30 de diciembre de 2015

Pasa la vida

Leo los comentarios que le han hecho a un amigo de Facebook y me llevo una sorpresa enorme al encontrar en ellos a un compañero del cole. Con la sospecha, casi certeza, de que es en realidad él, el chaval con el que hacía a diario un recorrido hasta el colegio, busco su perfil. Su cara, cuarenta años más tarde, ha cambiado mucho, tanto que ahora es un extraño, pues tengo guardada en la memoria su imagen de cuando teníamos 14 años.
La foto atestigua el paso del tiempo sobre nosotros. Porque seguramente él se llevaría la misma impresión al verme a mí. Porque probablemente no nos reconoceríamos si asociado al retrato no fuera un nombre y unos apellidos. La mirada ensambla la imagen guardada del compañero en plena adolescencia con la imagen que el tiempo ha ido mutando, y la adapta a la realidad actual. Pero habrá más cambios, cambios que no se perciben a simple vista y que resultan sumamente importantes, porque las ilusiones, las metas, las convicciones, la identidad en suma, serán otras.
Es curioso, cada día nos vemos reflejados en cristales y espejos. Nos miramos de una forma neutra, sin narcisismo. Nos reconocemos en esa figura que asociamos a nuestra identidad, y cada cierto tiempo integramos los cambios que se producen: las arrugas, las canas, las cicatrices… Así construimos esa identidad que queremos expresar cuando decimos yo.
 
*Posdata: Sigo dudando. No me atrevo a mandarle un mensaje.