9 de diciembre de 2015

Cuarto de aseo

Cuando surgieron las primeras ciudades, la gente cogía de ríos y fuentes el agua que necesitaba para cocinar y lavarse, su consumo se limitaba a la que podían llevar a casa. Los residuos fecales se depositaban en pozos negros hechos de ladrillo. Cada noche, las personas dedicadas a este menester, los vaciaban y vendían las heces como fertilizante o las arrojaban al río. El agua sucia se tiraba a la calle.
Al crecer las ciudades, estas prácticas generaron no pocos problemas de salud, pues las calles eran auténticos vertederos. En 1854 se produjo en Londres el brote de cólera más violento de Inglaterra. Unas 700 personas fallecieron en el barrio de Soho en menos de una semana, una zona de apenas medio kilómetro de diámetro. El doctor John Snow consiguió, mediante el uso de mapas, localizar la fuente de la infección: una bomba de agua contaminada con heces. El trabajo de Snow supuso un hito en la cartografía sanitaria y fue el primer trabajo epidemiológico de la historia, que serviría como punto de partida de los modernos sistemas de saneamiento.
En Londres, las fuentes públicas que suministraban el agua de los mismos canales en los que se vertían las aguas residuales fueron eliminadas, y empezaron a instalarse fuentes en las casas. Sin embargo, este avance acarreó dos inconvenientes importantes: Como no había que desplazarse a recoger el agua, se gastaba mucha más. El retrete con cisterna ya se había inventado y enviaba los excrementos al desagüe, pero las alcantarillas no estaban diseñadas para recibir estos materiales, y en cuanto llovía se desbordaban y las calles se llenaban de excrementos. La consecuencia fue que las tasas de cólera y de enfermedades infecciosas aumentaron.
Entonces surgieron dos tendencias: unos defendían la creación de contenedores de residuos fecales en las ciudades para que las heces sirvieran como abono en el campo. Pero esta idea no prosperó. Se impuso la segunda corriente, apoyada por muchos ingenieros, que aseguraba que el agua se purifica a sí misma. Solo había que descubrir la proporción adecuada según la cual las aguas fecales podían disolverse en los ríos sin representar un peligro.
Esta tendencia, al convertirse en mayoritaria, impuso un cambio en el diseño de los cuartos de baño. Existía una estancia para lavarse y otra para defecar, lo que suponía disponer de un costoso sistema de cañerías. Así que se optó por unificar espacios y crear un único lugar para la higiene personal.

Sala japonesa de aseo