10 de noviembre de 2015

Hombres

 

Egoísmo, ambición, voracidad, fanatismo, odio desbordado… son la causa de abominaciones tales que, de no ser repulsivas, provocarían admiración ante el grado de perfección con que el ser humano ejecuta horrores y provoca desastres.
 
El hombre, proveedor de fosas comunes, ejecutor de todas las formas de dolor que la persecución y la barbarie pueden extraer del cuerpo de otro hombre, que, en su indefensión infinita, no es más que una vibración inaudible, un aliento espantado, un hálito de réquiem. Hombres reducidos a una pura llaga, destrozados por los golpes. Hombres asustados pero que conservan en sus ojos el ansia de una fuga tan desatinada como imposible. Hombres que temen por la suerte incierta de los suyos, quizá libres aún por unas horas, quizá encarcelados o camino del suplicio. Hombres de mirada irreal que avanzan con paso de autómatas para colocarse ante los cañones de un fusil. Hombres reducidos a una mísera condición de torturadores, espoleados por un sentimiento de omnipotencia, que martirizan moralmente y humillan, estrujando a otros hombres hasta la última gota de esperanza. Hombres reyes en un recinto de desolaciones, donde se pone a prueba cuánto soporta un cuerpo humano antes de romperse.
Hombres que consiguen prodigios y hombres manchados por crímenes imposibles de contemplar.