21 de octubre de 2015

Una nueva Europa

Turquía solicitó la adhesión a la UE en 1987 y emprendió las negociaciones pertinentes en 2005. Para que un país acceda como miembro a la Unión Europa tiene que cumplir con los criterios de Copenhague, que obligan a disponer al país solicitante de unas instituciones estables que garanticen la democracia, el Estado de Derecho, los derechos humanos y el respeto de las minorías. Asimismo ha de tener una economía de mercado que funcione y, además, debe contar con una administración capaz de aplicar y gestionar la legislación de la UE.
Según Freedom House, desde 2013 la prensa turca es «no libre». La corrupción se ha agravado y el poder judicial sigue politizado. Aunque los mayores escollos para que Turquía sea miembro de la UE están relacionados con la minoría kurda y con Chipre, dividido en dos gobiernos: el grecochipriota, reconocido por la comunidad internacional, y el turcochipriota, solo reconocido por Ankara.
Ahora el proceso de adhesión de Turquía a la UE se acelera a cambio de que Ankara ejerza de portero para la Unión Europea. Alemania, que se ha mostrado como firme opositor a la integración del país en la UE, se ha comprometido a abrir negociaciones el próximo año. La crisis de los refugiados ha sido decisiva y juega a favor de la integración de un país con ciertas «peculiaridades». Turquía sería un país musulmán en una Europa cristiana. Tiene fronteras comunitarias con Siria, Iraq o Irán, países considerados muy inestables y con grandes problemas de seguridad. Acapararía una parte importante de los Fondos Estructurales y de Cohesión. Se convertiría en uno de los países más poderosos de la Unión, pues añadiría 76 millones de ciudadanos europeos. Turquía sería en el segundo país con mayor representación, justo por detrás de Alemania. También ofrecería un nuevo mercado y, con sus oleoductos, rutas alternativas de energía para Europa.