27 de octubre de 2015

Nada nuevo bajo el Sol

Cambian los métodos, cambian las formas, pero el mundo es el mismo desde que tenemos memoria.
Los griegos ya dividían a la sociedad en tres clases: los ricos, los pobres y los medianos. Los romanos fragmentaron en subgrupos estos estratos sociales. Patricios; plebeyos: nobles, caballeros y clientes, y esclavos. Ahora tenemos: ricos, pobres y clase media. Oligarquía, casta, élite; desheredados de la fortuna, y pobres de solemnidad.
Antiguamente los imperios progresaban a base de guerras, saqueos, latrocinio descarado… Ahora progresamos comprando, produciendo, poseyendo bienes…
Las formas de diversión no han variado tanto con los siglos. Del circo romano a la plaza de toros hay un paso, una remodelación de los asientos. Del teatro a la televisión. De la lucha de gladiadores a la lucha de 22 hombres en pantalón corto.
Antes se amansaba a las masas amenazándolas con plagas divinas, ahora los realities se encargan de embobarnos y de abobarnos debidamente para que no protestemos.
Durante la República romana se regalaba trigo a la chusma para que apoyase al candidato de turno. Ahora nos regalan promesas: un salario digno, bajadas de impuestos, transparencia…
Sin excepción, las diferentes culturas se han extinguido, es cuestión de tiempo: crecer al máximo, estancarse y entrar en decadencia son los pasos que llevan al fin.
La rapiña, el ansia de apropiarnos de más y más y más, esa voracidad insaciable, es nuestro peor enemigo, la causa de nuestra destrucción.
La historia se repite y estamos en el ciclo final. No es preciso que oráculos o vestales, pitonisas o mercachifles corroboren la evidencia. Esto se acaba, señores. El colapso económico y social es inminente. El planeta no da para más. Seguimos sin aprender, repitiendo errores, tropezando en la piedra maldita de la estupidez. ¿Hasta cuándo?