8 de septiembre de 2015

Bienvenidos, refugiados

Me parece extraordinario ese buen rollo que se ha despertado en Europa, esa solidaridad cuasi navideña que nos lleva a procurar lo mejor a los miles de refugiados sirios que han llegado. Me alegro de que los gritos de los grupos xenófobos alemanes hayan sido acallados por el sentido común. Me congratula que ahora todos queramos a los refugiados, pero ¿cuánto durará nuestro afecto?
Los sirios son seres humanos y tienen las mismas necesidades que los demás: un techo sobre la cabeza, comida, educación, asistencia sanitaria, un proyecto de vida… ¿Estamos en condiciones de darles todo esto? Ahora un bocadillo, una botella de agua y una tienda de campaña solucionan mucho. ¿Y luego?
Siria lleva en guerra cuatro años y no se ha movido un dedo al respecto. No se han propuesto soluciones a medio y largo plazo. África y Oriente Medio se quedarán deshabitados. Egipcios, sirios, libaneses, senegaleses o mauritanos arriesgarán sus vidas para llegar a Europa huyendo de guerras y hambrunas. Cientos morirán en el intento y otros muchos conseguirán su propósito. ¿Qué piensan hacer los líderes europeos para afrontar las crisis migratorias? Lo mejor que se les ha ocurrido hasta ahora es establecer cuotas, es decir, repartirse el marrón para que el mal sea menos. Sin embargo, lo que urge es adoptar medidas concretas.
El problema se agravará en breve, cuando además de una manta y una sonrisa, los refugiados necesiten una nueva vida. La bomba de relojería se ha activado.