31 de agosto de 2015

Sadismo

La obra del marqués de Sade resulta escandalosa y la descripción de monstruosidades que relata son básicamente repugnantes y tediosas por repetición. Cualquiera que lea Justine tendrá la impresión de que su autor es un psicópata. La virtuosa Justine es víctima pasiva de los más espantosos abusos sexuales, que Sade describe con crueldad despiadada.
 
Sade aportó un sombrío contrapunto a la optimista visión del ser humano que ofrecía la Ilustración. Rousseau había afirmado que el hombre es bueno por naturaleza y Sade oscureció este bello enfoque con su representación nihilista: hombres anárquicos, crueles, agresivos y amorales, que reivindican el sexo libre, cueste lo que cueste, aunque el precio máximo sea la muerte.
 
Como es obvio, Sade fue el objeto de estudio predilecto de la sexología del siglo XIX. También fue analizado por el psicoanálisis, la disciplina que sondea los abismos de la psique.
 
El término sadismo procede del sexólogo alemán Krafft-Ebing, que lo empleó en su obra Psychopatia sexualis (1886), un estudio médico sobre las perversiones sexuales. Para el autor alemán, el sadismo es una desviación y una excepción. Sin embargo, para Freud, todos somos sádicos, al menos por un breve lapso de tiempo y sin ser conscientes de ello. De acuerdo con el psicoanálisis freudiano, todos los niños experimentan una fase sádico-anal de la libido: cuando la criatura descubre por primera vez la posibilidad de decir «no» y aprende así a ejercer el poder.