20 de julio de 2015

De suicidios y de hombres

Sea cual sea nuestra posición respecto al homicidio y al suicidio, no es fácil juzgar este hecho, porque nos provoca empatía, porque somos capaces de comprender la desesperación inmensa que movió a esos padres abocándolos a la tragedia. La decisión fue durísima, de eso no cabe duda.
Este suceso no debe analizarse fuera del contexto en que se produce, una situación social tremenda provocada por una crisis que deja en desamparo a muchos ciudadanos, con la vida quebrada por el paro, el desahucio, la desprotección, la marginalidad… Una «muerte» metafórica que puede conducir a la muerte real.
Con la crisis ha aumentado escandalosamente el número de suicidios. Mientras, políticos sádicos pasan por alto las consecuencias personales de sus decisiones, que han empobrecido a amplias capas de la sociedad, a personas que luchan con uñas y dientes para no caer al abismo insoportable de la miseria. La desaparición del Estado de bienestar, los recortes sociales, la reducción de salarios, la merma en los subsidios, el desempleo… Está llevando a millones de seres a una existencia sin horizonte ni futuro, a un sinsentido al que solo puede poner fin la muerte, el suicidio.
Devolver la esperanza y la ilusión es el reto moral que tienen los políticos. Ningún estado puede ser tan inhumano como para permitir que miles de ciudadanos se queden en la cuneta y no cuenten con los mínimos requisitos para llevar una vida digna. La dignidad da sentido a nuestra existencia y una sociedad decente no puede consentir que el suicidio sea la única salida cuando todo está perdido.